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© 2017 por Leticia Serrano Díaz. 

La Luna en Escorpio, o en aspecto con Plutón: el amor mata.

 

Llevo días queriendo hablar de la otra cara de mi Luna, porque como todos sabéis, hay un lado oscuro que siempre se oculta.

 

Cuando escribí que la Luna en Tauro la había vivido como esa madre arquetípicamente ideal, era mi niña interna deseando que así fuera. La realidad no es esa. Lo cierto es que nací mientras se oponía a Plutón, lo cual cambia significativamente la interpretación.

 

La sentí como una madre absorbente, sobreprotectora, controladora, celosa y posesiva. Para ella yo era su cría. Solo suya. Era el objeto de su deseo, donde volcaba todos sus afectos y anhelos. Tenía veintidós años cuando me parió, a esa edad no te tienes ni a ti misma.

 

 

 

 

 El juego consistía en darme todo lo que ella creía que necesitaba antes incluso de que yo supiera qué es lo que quería, por lo que no estaba satisfaciendo un deseo mío, sino el suyo propio de sentirse valorada y reconocida. Yo era la que satisfacía sus carencias afectivas. Me usaba (usa) para tapar su falta de amor propio, aunque no se dé cuenta.

 

Quienes nacimos con estas lunas tenemos un serio problema: asociamos que el amor es posesión. Que el amor verdadero significa dolor, sufrimiento, sacrificio, fusión incondicional…, recuerdo que una temporada tuve un cardenal en el moflete de la intensidad de los besos que me daba. Creemos que el amor solo se consigue perdiendo nuestra libertad, dándonos en cuerpo y alma al ser amado. Somos incapaces de manifestar lo que deseamos y, mucho peor aún, lo que NO deseamos por miedo a perder lo que creemos que es amor. Poner límites a quien dice amarnos es peligroso porque, al ser tan dependientes, creernos insuficientes, inválidos y adictos, sentimos que nos morimos si nos oponemos a esa anulación tan familiar. Aterroriza.

 

Es fácil deducir que las personas con este tipo de Lunas entramos en relaciones de maltrato físico, psicológico o de abuso de poder en general. Solemos vivir continuas invasiones a la intimidad y para nosotras es como si violaran el último rincón que nos quedaba a salvo. Aún recuerdo con demasiada intensidad todas las veces que mi madre registraba entre mis cosas personales y después mentía, algo que han seguido haciendo mis  parejas y yo, hasta entonces, permitiéndolo. Es el patrón propio de las mujeres maltratadas: creer que su agresor las quiere y asumir que el amor verdadero supone todo este tipo de juegos. Lo peor es que las madres también lo crean. Están totalmente alienadas, pero ese tango se configura en el propio seno familiar.

 

Lo típico de esta relación absorbente entre la madre y el hijo es que el padre pase olímpicamente de oponerse al vínculo poniendo límites y estructura, equilibrando, que es su función, por lo que el niño tampoco sabrá hacer eso en su vida adulta. Solo aprendió a "dejarse querer" de aquella manera…

 

 

 

Esto después lleva al fracaso todas las relaciones, pero hoy no me quiero extender mucho. También conduce a la incapacidad de aceptar ni siquiera un cumplido o un gesto amoroso porque la persona siente que, si lo toma, estará obligada a pagar un alto precio por ello como siempre ha hecho: su identidad.

 

Aún siento ansiedad cuando alguien se interesa por mí dos días seguidos, cuando me hace un regalo o cuando se presta a ayudarme. Evito a toda costa deber algo a alguien y, en otras ocasiones, caigo durante años colgada de personas dominantes. O asfixio o me asfixian. O me asustan o asusto yo con esta intensidad. Si no me escapo, es el otro el que huye.

 

Ya no tengo miedo de quedarme sola, ahora me tengo. He muerto y renacido tantas veces que he convertido esta cárcel en un talento y puedo ayudar a otros a escapar de este tipo de redes.

 

Hoy puedo dar las gracias a todas esas actrices y actores que me mostraron dónde se ocultaba mi propio poder personal: en la otra cara de la Luna.

 

 

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